Los emprendedores desplazan a artistas y filósofos del panteón de los genios

Fecha publicación: 2015-10-04

Darrin M. McMahon, profesor de Historia en el prestigioso Dartmouth College, a una hora más o menos en coche desde Boston, ha escrito un libro (Divine Fury: A History of Genius, Basic Books, 2013), que recoge la evolución de lo que hemos entendido en Occidente como genio en los últimos 2.500 años. No es, ni mucho menos, una simple recopilación de vidas asombrosas y excentricidades al estilo de las vidas de santos –o de grandes ejecutivos- que tanto gustaban antes en las iglesias y tanto apasionan ahora en las escuelas de negocios. Recorre una parte clave de la historia de la humanidad que no sólo refleja de dónde venimos sino también quiénes somos, qué amamos, qué odiamos y por qué seguimos creyendo, en pleno SXXI, en el mito de unos seres que pueden moldear y prever el futuro. Ni la ciencia, ni la ortodoxia religiosa, ni la ortodoxia marxista, ni siquiera el pánico a la desigualdad propio de nuestro tiempo han sido capaces de arrancar de raíz una idea de la que, aparentemente, no podemos deshacernos.

 

Los genios, desde la era de Sócrates donde arranca el impresionante viaje de McMahon, han cobrado muchas formas pero se aprecian nítidamente algunas características comunes. Para empezar, hay que tener en cuenta que la inspiración de las grandes mentes está relacionada o bien con una posesión divina o demoníaca, o bien con arrestos de locura. Eso se entiende mejor si asumimos que el genio vive conectado a un orden superior, para muchos poblado por dioses y para otros por una hermandad de almas geniales, que le permite desvelar o crear lo que nadie ve y, en más de una ocasión, el futuro. Por supuesto, este ser extraordinario no sólo es capaz de contemplar a veces el porvenir, sino también de moldear y esculpir el suyo y el de los demás....


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